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Lo rico sabe a +593

  • Foto del escritor: Antonela Rosero
    Antonela Rosero
  • hace 3 días
  • 4 min de lectura

Actualizado: hace 1 día

Todos sabemos que a los ecuatorianos nos gusta comer bien, porque desde chiquitos nos enseñaron que "barriga llena, corazón contento".

Y si, mi gusto por la cocina empezó desde pequeña, en mi casa, viendo a mi mamá cocinar. Yo también me metía a la cocina, preparaba cosas para mi familia y, sin darme cuenta, fui entendiendo que la comida es mucho más que seguir una receta. Hay algo en cocinar para alguien, en ponerle cariño a un plato, que después también se siente cuando te lo sirven.


Por eso, hoy, cuando salgo a comer, no necesariamente busco el restaurante más bonito, el más caro o el que todo el mundo está subiendo a Instagram. Me gusta buscar ese plato que te transmite algo y que hace parar la conversación después del primer bocado y decir: “¡Está buenazo!”.


Puede ser en un mercado, en una huequita escondida, en la salchi de la veci o en un restaurante de esos donde todo está impecablemente puesto. Me da igual. Si hay buen producto, ingredientes frescos, una receta bien hecha y ese toque de cariño que se nota, ya me ganaron. Y, por supuesto, si viene acompañado de un buen ají, mejor todavía.


De ahí nace Zabb.


De esas ganas de salir, descubrir, probar algo nuevo y compartir esos lugares que quizás están más cerca de lo que pensamos. Pero también nace de una pregunta que cada vez me hago más:


¿Por qué a veces nos cuesta tanto reconocer lo increíble que tenemos en nuestra propia mesa?


Vivimos emocionados por las nuevas modas gastronómicas que llegan de afuera. Que el ramen, que las gyozas, que el matcha, que el bao, que el kimchi… y de pronto todos somos expertos en platos cuyos nombres a veces ni sabemos pronunciar y que, seamos sinceros, algunos todavía no sabemos ni cómo comer.


Y ojo, no está mal. ¡Qué bacán poder probar cosas nuevas! La comida también es descubrir otros lugares y otras culturas. El problema es cuando creemos que porque algo es extranjero, moderno y aesthetic, automáticamente es mejor.


Subimos la foto a Instagram del sushi en el restaurante de moda >aunque hayamos salido con más hambre de la que llegamos<, pero nos da pena subir una foto del plato de corvina que nos comimos en el mercado y que la cacera nos puso hasta “yapa” para ir bien llenos. ¿Raro, no?


📍Las corvinas del Mercado Central, Quito
📍Las corvinas del Mercado Central, Quito

¿Han notado que cuando vienen influencers de otros países a comer en nuestras huecas y suben sus videos a redes sociales diciendo que descubrieron “una joya escondida” en Ecuador, nosotros llenamos el video de likes, comentarios y compartidos?


Pero si vamos nosotros al mismo lugar, nos da vergüenza que nos vean ahí. ¿Y tomarnos una foto? ¡Nunca!


A veces parece que necesitamos que alguien de afuera nos diga que algo es bueno para recién creerlo nosotros.


Es como si un café servido en una taza elegante tuviera más valor que el que nos tomamos en la tienda de la esquina. Como si un plato extranjero automáticamente fuera “gourmet” y el nuestro, por servirse en una hueca, fuera simplemente barato.


Pero el precio no le pone sabor a la comida. Y un mantel blanco tampoco convierte una receta en buena.


Con esto no digo que todas las huecas sean buenas, ni tampoco que todos los restaurantes de lujo sean malos, porque hay de todo. Solo digo que los platos no necesitan ser aesthetic. Necesitan saber bien.


Lo lindo de nuestra gastronomía es que no solo habla de comida. Habla de nuestras familias, de nuestras regiones, de nuestros productos y de nuestras historias. Hay sabores que saben a domingo, a vacaciones, a la casa de la abuela. A llegar y encontrar la olla en la cocina. A que alguien te diga “sírvete nomás”. A ese arroz que nunca supiste cómo hacía tu mamá, pero que, por alguna razón, nadie ha vuelto a hacer igual.


Y no queremos que eso se pierda.


Un sushi puede ser espectacular, claro que sí. Una paella puede ser una maravilla. Pero eso no hace que un buen pargo frito con patacones sea menos especial o que un seco de pollo con su “arroz jugueteado” tenga que competir con algún plato extranjero para demostrar lo que vale.

📍Cuyes asados, Mercado de Gualaceo
📍Cuyes asados, Mercado de Gualaceo

Y ni hablar de la comida mas tradicional como el cuy. ¿Cuántas veces hemos escuchado que alguien dice que “no le gusta” antes siquiera de probarlo? Y claro, no lo ha probado porque hoy en día solo lo venden en restaurantes o huecas locales, a esas que las nuevas generaciones ya no van.


Tal vez nos falta probar mas de nuestra comida local, entender que la gastronomía también es identidad y que lo que comemos dice mucho de nosotros, de nuestra historia, de nuestros productos, de nuestra gente y hasta de nuestra forma de celebrar.


Somos un país pequeño, pero en la mesa tenemos una enorme variedad de sabores


Tenemos costa, sierra, amazonía y Galápagos; tenemos mariscos, pescados, plátano, maíz, papa, yuca, cacao, café, frutas, ajíes y cientos de formas de convertir todo eso en comida. Y todavía tenemos recetas que pasan de generación en generación.


Eso merece orgullo.


No significa dejar de probar lo que viene de afuera. Al contrario. Parte de disfrutar la comida es justamente descubrir cosas nuevas. Combinar sabores de afuera con lo nuestro, como ya lo hacen muchos restaurantes ecuatorianos hoy en dia, y que tienen sabores increíbles; btw muchos de ellos son mis favoritos.


📍Chulpi Urbano, Quito
📍Chulpi Urbano, Quito

Solo no queremos que nuestra comida se pierda.


Queremos invitarte a comer rico, sí. A conocer lugares nuevos, también. Pero, sobre todo, a mirar nuestra comida con otros ojos.


Porque quizás el siguiente gran descubrimiento gastronómico no está al otro lado del mundo. Quizás está en la cocina del emprendedor que abrió su restaurante a la vuelta de la calle.


Definitivamente en Ecuador tenemos más gastronomía de la que pensamos.


Solo nos hace falta descubrirla, hablar más de ella, contar sus historias y, sobre todo, sentirnos orgullosos de ponerla en la mesa.



Eso es Zabb.

 


 
 
 

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